May 12, 2017

Solo para egoístas y para aquellos que colocamos la utilidad por encima del deber

Theodoro Rosario
Theodoro Rosario (Published by)
«Desde el día en que el hombre empieza a expresarse diciendo yo, saca a relucir su querido sí mismo allí donde se le permite, y el egoísmo progresa inconteniblemente; si bien no de modo patente (pues entonces se le opone el egoísmo de otros), al menos encubierto bajo una simulada negación de sí mismo y una pretendida modestia, para hacerse valer de preferencia con tanto mayor seguridad en el juicio ajeno.
El egoísmo puede encerrar tres clases de arrogancia: la del entendimiento, la del gusto y la del interés práctico; esto es, puede ser lógico o estético o práctico.

El egoísta lógico tiene por innecesario verificar el propio juicio con el entendimiento de los demás, como si no necesitase para nada de esta piedra de toque (criterium veritatis externum). Pero es tan cierto que no podemos prescindir de este medio para asegurarnos de la verdad de nuestro propio juicio, que acaso es ésta la razón más importante por la que el público docto clama tan insistentemente por la libertad de imprenta; porque cuando no se concede ésta, se nos sustrae a la par un gran medio de contrastar la rectitud de nuestros propios juicios, y quedamos entregados al error. No se diga que al menos la matemática tiene el privilegio de sentenciar por su propia autoridad soberana; porque si no hubiese precedido la universal concordancia percibida de los juicios del matemático con el juicio de todos los demás que se han dedicado con talento y solicitud a esa disciplina, no se habría sustraído esta misma a la inquietud de incurrir en algún punto en el error. — Pues hay incluso casos en que no confiamos en el juicio aislado de nuestros propios sentidos, por ejemplo, cuando dudamos si un tintineo existe meramente en nuestros oídos o es la audición de campanas tocadas en realidad, sino que encontramos necesario preguntar, además, a otras personas si no les parece también así. Y si bien al filosofar no debemos precisamente apelar al juicio de los demás en confirmación del propio, como hacen los juristas con los juicios de los peritos en Derecho, todo escritor que no encontrase partidarios y se quedase solo con su opinión públicamente declarada (de importancia, en otros casos) vendría a ser sospechoso de error por este solo  hecho.
Justamente por esto es un atrevimiento hacer en público una afirmación que pugne con la opinión general, incluso de los inteligentes. Esta apariencia del egoísmo es lo que se llama la paradoja. No es una audacia osar algo con peligro de que no sea verdadero, sino sólo con el de que pudiera encontrar acogida por parte de pocos. — La predilección por lo paradójico es la obstinación lógica de no querer ser imitador de los demás, sino de aparecer como un hombre extraordinario, aunque en lugar de esto sólo se hace, con frecuencia, el extravagante. Pero, dado que cada cual ha de tener y sostener su propio parecer (si omnes patres sic, at ego non sic, Abelardo), el reproche de paradoja, cuando ésta no se funda en la vanidad de querer meramente diferenciarse, no implica nada malo. — A lo paradójico se opone lo cotidiano, que tiene a su lado la opinión general. Pero en lo cotidiano hay tan poca seguridad como en lo paradójico, si no todavía menos, porque adormece, mientras que la paradoja despierta el ánimo y lo hace atender e indagar, lo cual conduce frecuentemente a descubrimientos.

El egoísta estético es aquel al que le basta su propio gusto, por malo que los demás puedan encontrarlo o por mucho que puedan censurar o hasta burlarse de sus versos, cuadros, música, etc. Este egoísta se priva a sí mismo de progresar y mejorar aislándose con su propio juicio, aplaudiéndose a sí mismo y buscando sólo en sí la piedra de toque de lo bello en el arte.

Finalmente, el egoísta moral es aquel que reduce todos los fines a sí mismo, que no ve más utilidad que la que hay en lo que le es útil, y que incluso como eudemonista pone meramente en la utilidad y en la propia felicidad, no en la representación del deber, el supremo fundamento determinante de su voluntad. Pues como cada hombre se hace conceptos distintos de lo que incluye en la felicidad, es justamente el egoísmo quien llega a no tener ninguna piedra de toque del verdadero concepto del deber, el cual ha de ser absolutamente un principio de validez universal. Todos los eudemonistas son, por ende, egoístas prácticos. Al egoísmo sólo puede oponérsele el pluralismo, esto es, aquel modo de pensar que consiste en no considerarse ni conducirse como encerrando en el propio sí mismo el mundo entero, sino como un simple ciudadano del mundo.
Esto es lo que pertenece sobre este asunto a la antropología. Pues por lo que concierne a esta distinción desde el punto de vista de los conceptos metafísicos, cae totalmente fuera del campo de la ciencia a tratar aquí. Si la cuestión fuese meramente de si yo, como ser pensante, tengo motivos para admitir, además de mi existencia, la de un todo de seres distintos de mí que se hallan en relación de comunidad conmigo (un todo llamado mundo), no se trataría de una cuestión antropológica, sino puramente metafísica».
(Fuente: Antropología en sentido pragmático, Immanuel Kant, FCE)

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